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skogskyrkogården • cementerio del bosque • estocolmo

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Skogskyrkogården, el Cementerio del Bosque, es uno de los lugares más especiales que he tenido la oportunidad de conocer. Está situado en las afueras de Estocolmo, en el barrio de Enskede, al sur de la capital y en 1994, la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad, aunque no está en muchas guías turísticas.

En 1914, el Ayuntamiento de Estocolmo convocó un concurso internacional de arquitectura para la construcción de un nuevo cementerio, El lugar destinado era un terreno de casi 100 hectáreas junto a un bosque de pinos y abetos.

Erik Gunnar Asplund y Sigurd Lewerentz, resultaron ganadores de entre las 53 propuestas presentadas. La suya bajo el lema de Tallum, apócope sueco de Pinar, concentraba la mayor parte de las edificaciones en la entrada al cementerio, en un gran claro, que dejaba prácticamente inalterado el bosque.

Esa es la esencia del cementerio, un gran claro y un gran bosque y a su vez dentro del bosque, otros claros más pequeños.

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Vemos como el proyecto nace de la oposición o el diálogo entre contrarios: el claro y el bosque, pero también lo grande y lo pequeño, lo sagrado y lo profano, lo racional y lo emocional, la tradición y lo contemporáneo, el camino y el reposo, etc.

 

Lewerentz y Asplund se repartieron el trabajo, encargándose el primero del paisajismo y el segundo de las edificaciones.

Las edificaciones, la Capilla de la Fe, la Capilla de la Esperanza y la Capilla de la Santa Cruz con el pórtico, muestran un lenguaje moderno y sin concesiones al lenguaje romántico o neoclásico, si bien el conjunto parece atemporal, como si estuviera fuera del tiempo.

Las capillas pueden usarse simultáneamente, para ello tienen un espacio delantero que las independiza: un gran pórtico frente a la de la Santa Cruz y las demás tienen unos pequeños patios y unas salas de espera laterales cuyas ventanas miran al paisaje.

Asplund llega hasta los detalles más pequeños y sensibles, definiendo hasta los tiradores o cerraduras de puertas, los bancos que se diseñan con un pequeño quiebro para hacer más fácil la comunicación entre las personas en un momento tan delicado, etc.

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Si el trabajo de Asplund, es encomiable, Lewerentz hace un trabajo de paisajismo que es el que hace verdaderamente único este espacio, organizando el tránsito alrededor de los edificios, porque el espacio solo cobra sentido al recorrerlo.

Lewerentz diseñó los recorridos del cementerio pensando en los usuarios del mismo, las personas que van a dar el último adiós o a recordar a sus familiares, en un momento cargado de emociones.

El diseño de la entrada, una gran tapia de piedra semicircular te recibe con un abrazo y te lleva hacia la entrada del cementerio, atravesando una zona arbolada y rodeado de esta tapia de piedra dejas atrás la rutina y la realidad, llegas de repente al gran claro en el bosque, en donde un camino de piedra sale a tu encuentro, y en una suave ascensión que ralentiza aún más el caminar, al lado de un muro de piedra y una hilera arbolada que nos acompañan simbólicamente, nos llevan hacia la gran cruz, que aparece como un hito simbólico y esperanzador. Al llegar a su altura descubrimos el espacio porticado, las capillas, los patios, el reloj, el estanque, todo un conjunto de elementos cargados de simbolismo.

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El contrapunto a los edificios y configurando un hito, en el suave y ondulado paisaje del claro es la Colina de la Meditación, el lugar más elevado del Cementerio del Bosque, al que se asciende por un camino de grava.

Apartada de las edificaciones, en la ascensión sólo se oyen nuestras pisadas sobre las piedras, y dadas las características del camino este se recorre en soledad, a solas con nuestros pensamientos, y al llegar arriba un banco rodeado de 12 olmos, como las horas del día o los meses del año, nos proporciona la calma para volver a sentir el paso del tiempo, preparándonos para dejar el cementerio atrás en busca de la salida, ahora por una escalera de piedra, con una pendiente variable, en la que los pasos se van haciendo progresivamente más altos, de forma que bajamos primero lentamente y luego más rápido, hacia la salida del cementerio y a la vuelta a esa rutina que llamamos vida.

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E.G. Asplund falleció a los 55 años, en 1940, apenas unos meses tras la inauguración del cementerio. 

 

 

 

 

Pablo Falcón no escribió una bibiografía por el momento

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